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CELEBRACIÓN LITÚRGICA DE LA SEMANA SANTA

LITURGIA DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
(Viernes Santo)

Según una antiquísima tradición, la Iglesia no celebra la eucaristía ni en este día ni en el siguiente. El altar debe estar desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros, sin manteles. Después del mediodía, cerca de las tres, a no ser  que por razones pastorales se elija una hora más tardía, tiene lugar la celebración de la Pasión del Señor,
que consta de tres partes: liturgia de la palabra, adoración de
la Cruz y sagrada comunión.

En este día la sagrada comunión se distribuye a los fieles únicamente dentro de la celebración de la Pasión del Señor; a los enfermos, que no pueden participar en dicha celebración, se les puede llevar a cualquier hora del día.El sacerdote y el diácono, revestidos de color rojo como para la misa, se dirigen al altar, y, hecha la debida reverencia,  se postran rostro en tierra o, si se juzga mejor, se arrodillan, y todos oran en silencio durante algún espacio de tiempo.

Después el sacerdote, con los ministros, se dirige a la sede, donde, vuelto hacia el pueblo, con las manos juntas, dice una de las siguientes oraciones:

(No se dice: Oremos)

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas;
santifica a tus hijos
y protégelos siempre, pues Jesucristo, tu Hijo,
en favor nuestro
instituyó por medio de su sangre el misterio pascual.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

O bien:

 Oh Dios, tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro,
por medio de su pasión ha destruido la muerte
que,
como consecuencia del antiguo pecado,
a todos los hombres alcanza. Concédenos hacernos semejantes a él.

De este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de
la naturaleza humana
la imagen de Adán, el hombre terreno,
llevaremos grabada en adelante,
por la acción santificadora de tu gracia,
la imagen de Jesucristo, el hombre celestial.

Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Luego todos se sientan y se proclama la lectura del profeta Isaías (52, 13-53, 12) con su salmo.
A esta lectura sigue la de la carta a los Hebreos (4, 14-16; 5, 7-9) y el canto
antes del evangelio.
Finalmente se lee la historia de
la Pasión del Señor según san Juan (18, 1-19, 42) del mismo modo que el domingo precedente.
Después de la lectura de
la Pasión es oportuno hacer una breve homilía.
Al final de la homilía, el sacerdote puede invitar a los fieles a que permanezcan
 en
oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo.

Primera Lectura: Isaías 52, 13-15; 53, 1-12

Mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchas naciones. Los reyes se quedarán sin palabras, al ver algo que nunca les habían contado y comprender algo que nunca habían oído. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se manifestó el poder del Señor?

Creció ante el Señor como un retoño, como raíz en tierra árida. No tenía gracia ni belleza para que nos fijáramos en él, tampoco aspecto atractivo para que lo admiráramos. Fue despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento; como alguien a quien no se quiere mirar, lo despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, él llevaba nuestros sufrimientos, soportaba nuestros dolores.

Nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, pero eran nuestras rebeldías las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus heridas nos sanó. Andábamos todos errantes como ovejas, cada uno por su camino, y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. Cuando era maltratado, él se sometía, y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa ni juicio se lo llevaron, y ¿quién se preocupó de su suerte?

Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por los pecados de mi pueblo; lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados, aunque él no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor quiso quebrantarlo con sufrimientos. Y si él entrega su vida como expiación, verá su descendencia, tendrá larga vida y por medio de él, prosperarán los planes del Señor. Después de una vida de amarguras verá la luz, comprenderá su destino. Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos.

Por eso, le daré un puesto de honor entre los grandes y con los poderosos participará del triunfo, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores. Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: Salmo 30

Resp. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."

A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado;
líbrame por tu bondad. En tus manos encomiendo mi espíritu;
tú, mi Dios leal, me librarás.

Resp. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."

Soy la burla de mis agresores, motivo de risa para mis vecinos,
el espanto de mis conocidos;
los que me ven por la calle huyen de mí;
olvidado de todos como un muerto, me
he convertido en un objeto inútil.

Resp. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."

Pero yo confío en ti, Señor; yo te digo:
«Tú eres mi Dios». Mi destino está en tus manos,
líbrame de los enemigos que me persiguen.

Resp. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."

Que tu rostro resplandezca sobre tu siervo,
sálvame por tu amor. Sean fuertes y anímense,
todos los que esperan en el Señor.

Resp. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."

Segunda Lectura: Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos, mantengámonos firmes en la fe que profesamos.

Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado.

Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y encontrar la gracia de un socorro oportuno.

El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Palabra de Dios

(La liturgia de la palabra se concluye con la oración universal, que se hace de este modo: el diácono, desde el ambón, dice la invitación que expresa la inten­ción. Después todos oran en silencio durante un espacio de tiempo, y seguidamente el sacerdote, desde la sede o, si parece más oportuno, desde el altar, con las manos extendidas, dice la oración. Los fieles pueden permanecer de rodillas o de pie durante todo el tiempo de las oraciones.

La Conferencia episcopal puede establecer una aclamación del pueblo antes de la oración del sacerdote o determinar que se conserve la tradicional monición del diácono: Pongámonos de rodillas y: Podéis levantaros,  un espacio de oración en silencio que todos hacen arrodillados.

En una grave necesidad pública, el Ordinario del lugar puede permitir o mandar que se añada alguna intención especial.

De entre las oraciones que se proponen en el Misal, el sacerdote puede esco­ger aquellas que se acomodan mejor a las condiciones del lugar, pero de tal modo que se mantenga el orden de las intenciones que se propone para la oración uni­versal (cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 46, p. 41).)

1. Por la santa Iglesia

Oremos, hermanos, por la Iglesia santa de Dios,
para que el Señor le dé la paz,
la mantenga en la unidad,

la proteja en toda la tierra,

y a todos nos conceda

una vida confiada y serena,

para gloria de Dios, Padre todopoderoso.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
que en Cristo manifiestas tu gloria
a todas las naciones,

vela solícito por la obra de tu amor,

para que
la Iglesia , extendida por todo el mundo,
persevere con fe inquebrantable

en la confesión de tu nombre.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

 2. Por el Papa

Oremos también por nuestro Santo Padre el papa N.
para que Dios,
que lo llamó al orden episcopal,
lo asista y proteja para bien de
la Iglesia como guía
del pueblo santo de Dios.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
cuya sabiduría gobierna todas las cosas,

atiende bondadoso nuestras súplicas

y protege al Papa,
para que el pueblo cristiano,

gobernado por ti

bajo el cayado del Sumo Pontífice,

progrese siempre en la fe.

Por Jesucristo nuestro Señor.

 Amén

 3. POR TODOS LOS MINISTROS Y POR LOS FIELES

Oremos también por nuestro obispo N.,
por todos los obispos, presbíteros y diáconos,

y por todos los miembros del pueblo santo de Dios.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
cuyo Espíritu santifica y gobierna

todo el cuerpo de
la Iglesia ,
escucha las súplicas

que te dirigimos por todos sus ministros,

para que, con la ayuda de tu gracia,
cada uno te sirva fielmente

en la vocación a que le has llamado.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

4. POR LOS CATECÚMENOS

Oremos también por los (nuestros) catecúmenos,

para que Dios nuestro Señor
les ilumine interiormente,

les abra con amor las puertas de
la Iglesia ,
y así encuentren en el bautismo
el perdón de sus pecados

y la incorporación plena a Cristo, nuestro Señor.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
que haces fecunda a tu Iglesia
dándole constantemente nuevos hijos,
acrecienta la fe y la sabiduría

de los (nuestros) catecúmenos,

para que, al renacer en la fuente bautismal,

sean contados entre los hijos de adopción.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

5. POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Oremos también por todos aquellos hermanos nuestros
que creen en Cristo,

para que Dios nuestro Señor

asista y congregue en una sola Iglesia

a cuantos viven de acuerdo con la verdad que han conocido.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
que vas reuniendo a tus hijos dispersos

y velas por la unidad ya lograda,
mira con amor a toda la grey que sigue a Cristo,
para que la integridad de la fe

y el vínculo de la caridad

congregue en una sola Iglesia

a los que consagró un solo bautismo.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

6. POR LOS JUDÍOS

Oremos también por el pueblo judío,
el primero a quien Dios habló

desde antiguo por los profetas,

para que el Señor acreciente en ellos el amor de su nombre

y la fidelidad a la alianza

que selló con sus padres.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
que confiaste tus promesas a Abrahán y su descendencia,

escucha con piedad las súplicas de tu Iglesia,

para que el pueblo de la primera alianza

llegue a conseguir en plenitud la redención.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

7. POR LOS QUE NO CREEN EN CRISTO

Oremos también por los que no creen en Cristo,
para que, iluminados por el Espíritu Santo,
encuentren también ellos el camino de la salvación.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
concede a quienes no creen en Cristo
que, viviendo con sinceridad ante ti,

lleguen al conocimiento pleno de la verdad,
y a nosotros concédenos también

que, progresando en la caridad fraterna

y en el deseo de conocerte más,
seamos ante el mundo

testigos más convincentes de tu amor.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

8. POR LOS QUE NO CREEN EN DIOS

Oremos también por los que no admiten a Dios,
para que por la rectitud y sinceridad de su vida
alcancen el premio de llegar a él.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
que creaste a todos los hombres

para que te busquen

y, cuando te encuentren, descansen en ti,

concédeles que, en medio de sus dificultades,

los signos de tu amor

y el testimonio de los creyentes

les lleven al gozo de reconocerte como Dios

y Padre de todos los hombres.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

9. Por los gobernantes

Oremos también por los gobernantes de todas las naciones,
para que Dios nuestro Señor,
según sus designios,
les guíe en sus pensamientos y decisiones

hacia la paz y libertad de todos los hombres.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
que tienes en tus manos
el destino de todos los hombres
y los derechos de todos los pueblos,
asiste a los que gobiernan,

para que, por tu gracia,

se logre en todas las naciones

la paz, el desarrollo
y la libertad religiosa de todos los hombres.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

10. POR LOS ATRIBULADOS

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso,
por todos los que en el mundo

sufren las consecuencias del pecado,

para que cure a los enfermos,

dé alimento a los que padecen hambre,

libere de la injusticia a los perseguidos,

redima a los encarcelados,

conceda volver a casa a los emigrantes y desterrados,

proteja a los que viajan,

y dé la salvación a los moribundos.

(Oración en silencio. Prosigue el sacerdote)

Dios todopoderoso y eterno,
consuelo de los que lloran

y fuerza de los que sufren,
lleguen hasta ti las súplicas

de quienes te invocan en su tribulación,
para que experimenten todos en sus preocupaciones
la alegría de tu misericordia.

Por Jesucristo nuestro Señor

Amén

El sacerdote, los ministros y el pueblo se acercan procesionalmente y adoran la cruz mediante una genuflexión simple o con algún otro signo de veneración (por ejemplo, besándola), según las costumbres de cada lugar.

Mientras tanto se canta la antífona: Tu cruz adoramos, los Improperios u otros cantos apropiados. Los que ya han adorado la cruz regresan a sus lugares y se sientan.

Para la adoración sólo debe exponerse una cruz. Si por el gran número de asistentes resulta difícil que cada uno de los fíeles adore individualmente la santa cruz, el sacerdote, después que una parte de fieles ha hecho ya la adoración, toma la cruz y, de pie ante el altar, invita al pueblo con una breve monición a que adore la santa cruz. Luego la levanta en alto durante unos momentos y los fieles la adoran en silencio.

Terminada la adoración, se lleva la cruz a su sitio, encima o cerca del altar. Los candelabros con las velas encendidas se colocan cerca del altar o sobre el mismo, o a los lados de la cruz.

(obre el altar se pone el mantel y sobre el mismo se coloca el corporal y el isal. Luego el diácono, o en su defecto el mismo sacerdote, traslada el Santísimo Sacramento desde el lugar de la reserva al altar, pasando por el recorrido más breve, mientras todos permanecen de pie y en silencio. Dos ministros con velas encendidas acompañan el Santísimo Sacramento y dejan luego las velas cerca del altar o sobre el mismo.

Después que el diácono ha colocado sobre el altar el Santísimo Sacramento y ha descubierto el pixis, el sacerdote se acerca y, previa genuflexión, sube al altar. Allí, teniendo las manos juntas, dice en voz alta)

 

Fieles a la recomendación del Salvador
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:

(l sacerdote, con las manos extendidas, dice junto con el pueblo)

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

(l sacerdote, con las manos extendidas, prosigue el solo)

Líbranos de todos los males, Señor,
 y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,

vivamos siempre libres de pecado
 
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
 de nuestro Salvador Jesucristo.

Todos

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.

(A continuación el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto)

Señor Jesucristo,
la comunión de tu Cuerpo

no sea para mí un motivo de juicio y condenación,
sino que, por tu piedad,

me aproveche para defensa de alma y cuerpo

y como remedio saludable.

(eguidamente hace genuflexión, toma una partícula, la mantiene un poco
elevada sobre el pixis y dice en voz alta, de cara al pueblo)

Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.

Dichosos los invitados a la cena del Señor.

(juntamente con el pueblo, añade una sola vez)

Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya bastará para sanarme
.

(l uego, comulga reverentemente el cuerpo de Cristo)

Después distribuye la comunión a los fíeles. Durante la comunión se pue­
den entonar cantos apropiados.

Acabada la comunión, un ministro idóneo lleva el pixis a algún lugar es­
pecialmente preparado fuera de la iglesia, o bien, si lo exigen las circunstancias,
lo reserva en el sagrario.

Después el sacerdote, guardado si lo cree oportuno un breve silencio, dice
la siguiente oración

OREMOS.

Dios todopoderoso, rico en misericordia,
que nos has renovado
con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo,
no dejes de tu mano

la obra que has comenzado en nosotros,

para que nuestra vida,
por la comunión en este misterio,

se entregue con verdad a tu servicio.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén

(Para despedir al pueblo, el sacerdote, de pie cara al pueblo y con las manos extendidas sobre él, dice la siguiente oración)

7. ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO


Que tu bendición, Señor,

descienda con abundancia sobre este pueblo,

que ha celebrado la muerte de tu Hijo

con la esperanza de su santa resurrección;

venga sobre él tu perdón,
concédele tu consuelo,

acrecienta su fe,

y consolida en él la redención eterna.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

(Y todos salen en silencio. El altar se desnuda en el momento oportuno)

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